Lucila está sentada frente a la computadora tomando lentamente mate. No se le ocurre qué escribir. Cruza los dedos del pie, saborea la yerba a través de la bombilla, escucha el sonido del partido de fútbol que transmiten por la televisión.
Tiene una misión en mente, quiere llegar al corazón de los demás, quiere tocar la fibra interna de personas que no conoce, pero que están en internet en búsqueda de un alivio para su tiempo de ocio.
La soledad nos acaricia a todos, algunos se hunden en lágrimas, otros como Lucila buscan acompañar a otros solitarios como ella.
Extraña su infancia de barrio, jugando en la vereda con Arasy y Manuel. Ellos eran los hijos del vecino de su abuela. Cada domingo inventaban aventuras nuevas y cada casa de la cuadra era un castillo a ser invadido por estos tres niños bárbaros armados con ramas de árboles en las manos. En épocas donde las murallas eran bajas y no existían las cámaras de vigilancia, era muy fácil trepar las rejas y pasar a los patios de las casas vecinas (excepto si alguna de ellas tenían perro guardián, eso requería más planificación y logística).
Podría escribir sobre los perros guardianes. En el castillo «González de la muralla beige» custodiaba Toby, un pequeño caniche blanco, de carácter muy desagradable. Tenía un ladrido muy desafinado, pero con unas galletitas rellenas con chocolate, se volvía el can más tierno de la cuadra. Era fácil de manipularlo, así como para Arasy era fácil que Manuel realice todas las travesuras que a ella se le ocurrían, asumiendo las culpas de aquellas que implicaban costes económicos, como la ventana rota del castillo «Garelli» o la abolladura en el automóvil del castillo «Martinucchi».
Lucila ríe, recuerda cómo Manuel miraba a Arasy de una manera tan tierna. Los niños se enamoran con tanta facilidad, y las niñas saben cómo sacar provecho. Hubiera jurado que ellos terminarían casados, con muchos hijos, en una casa con jardín estilo inglés y con un bull terrier de mascota.
La familia de Manuel, de un día para otro empacó todas sus cosas y abandonaron la casa. En casa de la abuela de Lucila no se hablaba de otro tema que no fuese la repentina huída de esa familia. Sí, huyeron de la justicia, por evasión de impuestos al fisco. Nunca se supo el paraje de Manuel ni de sus hermanas. Años más tardes sus padres fueron arrestados, pero de los hijos nunca más tuvimos noticias. Tal vez Manuel ya no se llamaba de esa manera, posiblemente habrán cambiado de nombre y apellido.
Arasy quedó muy triste en ese entonces, pues Lucila no era fácil de convencer, más por miedosa que por fuerte. Las amigas fueron distanciándose y cuando la abuela murió, Lucila nunca más volvió a esa casa, ni a ese barrio.
Toma otro sorbo de mate, y busca en el instagram @arasy pues le parece que no es un nombre muy común, pero se equivoca, encuentra una lista bastante larga. Decide dejar de buscar, pues cualquiera de las Arasy que visualiza en la red social podría ser su amiga de infancia. Le entristece no recordar su rostro, no recuerda siquiera el color de su piel, de sus ojos ni de sus cabellos. Recuerda su voz, su actitud altiva, una jardinera a cuadros que siempre usaba y el vello precoz que le crecía en las piernas.
Recuerda que la última vez, jugaron a las damas sentadas sobre el asfalto. Era un domingo, no muy caluroso y en la casa de Arasy volaban los platos y se escuchaban gritos de groserías en guaraní. Luego, en un momento de silencio, ella le dijo que otro día continuarían la partida y fue corriendo al interior de su casa. Lucila entró a ver la televisión con sus abuelos, era un programa chistoso que transmitían en un canal argentino.
Finalmente, luego del último sorbo de mate, se decide a escribir. El libro se llamará «Los castillos de la avenida España», y no tratará sobre perros guardianes, sino del amor y la amistad en la niñez. Ese amor ingenuo que disfruta la intensidad del momento presente, donde lo más importante es la amistad, donde la distancia es una tragedia, y cada encuentro es un desafío a las leyes de los padres. Manuel y Arasy nunca se dieron siquiera un beso, al contrario, Manuel gozaba de hacer bromas pesadas a esa niña para que ella lo empujara con una mano en su espalda y de esa manera tener algún mínimo contacto físico, pero fue un amor tan bello y sutil, que si Lucila no lo olvida, los dos protagonistas mucho menos.